Encuentro misterioso en el pasillo de casa que me erizó la piel
- NoemiUrk

- 29 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 16 mar
HECHOS REALES
Todos los detalles descritos corresponden a la experiencia vivida.
No se ha añadido ningún elemento ficticio.
Durante un tiempo estuve vivendo en un pequeño piso. Tuve bastantes “visitantes” allí, les veía sobretodo por la noche y, durante el día, también los percibía mi perro. En aquella vivienda se habían abierto tres portales. Quizás ya estaban cuando entré o quizás se abrieron a raíz de los traumas que tuve que sanar cuando me instalé.
Después de algunos años, tras conocerme mejor a mí misma y adquirir conocimientos de la energía, uno de los portales quedó totalmente cerrado. Los otros dos permanecieron abiertos; por ellos había un paso continuado de seres que entraban por un lado del piso, cruzaban el pasillo y salían por el otro lado de la vivienda.
Estos últimos había logrado cerrarlos, pero no para todos los seres. Los más fuertes, aún conseguían colarse. Durante el transcurso de un par de años, llegaron a hacerlo dos.
Durante las noches medito, justo antes de dormir.
Me siento cómodamente sobre la cama, cruzo las piernas, estiro la espalda, abro los brazos y la posición de las manos varían dependiendo de lo que perciba.
Aquella noche había cerrado la puerta y apagado la luz. Me coloqué para meditar y llevaba ya un buen rato. Nunca sé cuánto tiempo transcurre si no miro el reloj. De pronto, sentí una sacudida en la espalda. Duró menos de un segundo, pero fue un aviso claro de que no estaba sola. Abrí los ojos como platos. Aquello no era bueno. Mi ser me estaba alertando para que tuviera cuidado. En ese ínfimo lapso de tiempo capté tanta información negativa que mi cuerpo quedó inmóvil, quieto como un muro…
Naturalmente, mis ojos solo captaron la negra oscuridad de la habitación, pero en menos de un segundo mi tercer ojo me mostró que un ser había entrado por el portal y estaba avanzando por el pasillo.

No puedo explicarlo. No puedo explicar cómo podía ver aquello que estaba tras la puerta. Pero lo vi. Era una mujer más que centenaria, antigua. Llevaba una gruesa capa marrón, llena de suciedad, que arrastraba mientras avanzaba con pasos lentos y pesados. Una capucha le cubría la cabeza y ocultaba gran parte de su rostro. Un aura negativa la envolvía.
Aquel ser miraba al frente. Avanzaba pesada, lenta, encorvada por el peso de los años; cansada, pero firme y segura. En una mano sujetaba un candil encendido con el que se alumbraba el camino.
—Que no te vea, que no te vea… me dije sin palabras. Tenía la certeza que si se percataba que yo estaba al otro lado, me haría daño.
Los ojos que habían estado observando la oscuridad descendieron hasta el resquicio de la puerta. Por la parte izquierda del hueco pasaba la luz tenue del candil del ser. Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir. La luz empezó a desplazarse hacia la derecha.
Sí, había luz. Mis ojos podían percibirla. Y mi tercer ojo también veía al ser que caminaba al otro lado de la puerta, de izquierda a derecha.
Estaba tan sorprendida, que subía y bajaba la mirada una y otra vez, porque “estaba viendo” al ser que caminaba al otro lado de la habitación y, al mismo tiempo, podía ver la luz por el resquicio de la puerta.
El ambiente estaba más denso y pesado.
—No te muevas, no hagas ruido, que no te vea…
Creo que dejé de respirar durante aquel tiempo que me pareció eterno.
Cuando la luz desapareció del resquicio de la puerta, seguí observando a aquel ser femenino mientras continuaba su camino hacia el otro lado del piso.
Después de que se fuera, estuve un buen rato sin encender la luz. Intenté respirar pausadamente para calmarme y permanecí sin moverme en absoluto. Hasta que finalmente decidí encender la luz e ir a la cocina a prepararme una taza bien cargada de tila, porque aquella noche sabía que me costaría mucho dormir.
NoemiUrk
Experiencia personal vivida en Barcelona, 2018




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