top of page

Diagnosticada con TLP

  • Foto del escritor: NoemiUrk
    NoemiUrk
  • 3 ene 2018
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 26 mar

Ese momento en que tu felicidad se libera porque finalmente hayan un diagnóstico y crees que te podrán curar… pero al segundo te dicen que no es curable y tu mundo se derrumba.


Desde la adolescencia ya había buscado ayuda médica. No me encontraba bien, no estaba bien. Me sentía fuera de lugar, nunca encontraba mi sitio y cualquier situación me resultaba incómoda.


Recuerdo que, sobre los 12 o 13 años, empecé a buscar la soledad. Allí encontraba paz y me tranquilizaba.


Ya desde pequeña sentía que percibía más allá de lo que la mayoría podía ver. Veía sombras, sentía presencias que me observaban… además tenía una alta sensibilidad hacia todo lo que me rodeaba.


No recuerdo haber hablado con nadie sobre ello. A los 17 años, mientras estudiaba, me llegó la información de un psicólogo. Meses después, con mi primer sueldo, acudí a dos sesiones, en soledad y en hermético secretismo.


Era un terapeuta analista. Y entendí el significado de “analista” en la segunda sesión, cuando le pregunté si todas las sesiones consistirían en que yo hablara sin parar, como en la primera. Me parecía absurdo hablar sin recibir ninguna respuesta por su parte, así que decidí dejarlo… no hubo una tercera visita.



Tristeza en una mujer en una ventana


A medida que crecía, seguía considerándome “rara”. Buscaba información en libros, conferencias y charlas, y empecé a “probar” psicólogos.


No siempre se establece una buena conexión con el terapeuta. Son dos personas intercambiando opiniones, energía y tiempo, y eso hace que a veces no haya encaje. Eso no significa que el proceso no pueda ayudar ni que no sea inválido lo que te proponen, aunque no te guste. Simplemente, a veces no es la persona adecuada.


En mi tiempo libre empecé a estudiar algo de psicología, y más tarde me acerqué a la psicología transpersonal, en busca de respuestas que dieran sentido a lo que sentía.



Veía más allá de lo que pueden ver la mayoría



Aprendí a autoanalizarme, a diferenciar mis estados de ánimo, a identificar la primera emoción activada y el pensamiento que había desencadenado el bloqueo.


Alrededor de los 30 años, agotada por esa búsqueda constante y por mi tristeza persistente, el mundo que había construido para protegerme desapareció y mi estructura interna se derrumbó. Ocurrió algo en mi vida que me golpeó con tal intensidad que mi mente y mi cuerpo se rompieron, como si hubieran sido apaleados una y otra vez.


Durante mucho tiempo fui silenciada por el dolor, las manipulaciones y el maltrato psicológico, que quedaron atrapados dentro de mí sin que pudiera verlos con claridad hasta mucho tiempo después.


Fue un período largo. Fui de un médico a otro, y la Seguridad Social me atendió muy bien. Yo, cabezota, seguí trabajando porque quería ser “normal”, hasta que finalmente acabé de baja laboral.



Sobre los 30 años, el mundo creado para protegerme desaparece y mi estructura interna se derrumba



En aquella época, nadie sabía realmente qué me ocurría. Los psicólogos escuchaban lo que yo era capaz de explicar e intentaban encajar diagnósticos con la información parcial que tenían, pero no lograban ver lo que me estaba consumiendo por dentro.


Las sensaciones extrasensoriales aumentaron considerablemente y yo lo ocultaba. Llegué a pensar que estaba teniendo alucinaciones, que me estaba volviendo esquizofrénica, que me estaba volviendo loca.


Empecé a ser tratada en el Hospital Parc Taulí de Sabadell. Tras un breve período, me informaron de que, tras deliberar sobre todo lo que les había explicado, no podían seguir atendiéndome. Gracias a su honestidad, me derivaron al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona para realizar pruebas y entrevistas. Si encajaba, podría entrar en un ensayo clínico que quizá me ayudaría.



Mujer pidiendo ayuda en silencio

Fui al hospital. Allí me explicaron que no entendían por qué estaba en ese proceso, ya que no encajaba con los criterios del ensayo. Sin embargo, había algo en mi caso que no terminaban de identificar. El dolor del maltrato era tan intenso y estaba tan escondido en mí que ni yo misma ni los demás podíamos verlo con claridad.


Me ofrecieron realizar igualmente las pruebas y pasé a formar parte del grupo en el que todos los demás ya estaban diagnosticados.


Tras una larga explicación, nos presentaron → los nueve criterios que podían haberse manifestado en nuestras vidas. Para formar parte del grupo era necesario cumplir al menos cuatro, y estos debían aparecer de forma simultánea durante un período prolongado. Fuimos revisando en cuáles nos reconocíamos.


Empezaron a levantar la mano quienes sabían que cumplían cuatro criterios. Luego cinco, seis… Observé la calma con la que los profesionales escuchaban mientras el grupo respondía. Daban por hecho que yo no encajaría allí.


Sentí un escalofrío cuando preguntaron: “¿Y quién tiene los nueve? Nadie, ¿verdad?”. Y yo levanté la mano.


A solas lloré como nunca antes. Me habían diagnosticado Trastorno Límite de la Personalidad. Habría tratamiento, una posibilidad de mejora… esa curación que había anhelado desde muy joven.


Pero mi mundo volvió a caer cuando, poco después, me dijeron que no tenía cura, pero que era tratable.


Y, aunque entonces no lo entendí, aquel “tratable” fue el inicio de un camino que todavía sigo recorriendo.


NoemiUrk



Si quieres profundizar en el TLP, puedes leer también:



Comentarios


Suscríbete para recibir actualizaciones

© 2018-2026 Creado por NoemiUrk

Esta página no usa cookies de terceros ni propias, solo las necesarias para su funcionamiento.

bottom of page